Esta lujosa construcción ha sido hecha en gran parte aprovechando los restos de los buques náufragos. En otro edificio de 16 por 7 metros, se encuentran cuatro habitaciones amplias para oficiales y la farmacia. La casa del segundo jefe tiene 9 por 12 metros y al frente se halla un corredor cubierto de vidrios, cosa sumamente necesaria en invierno. El depósito de víveres tiene 16 por 6 metros y las provisiones bien instaladas, ocupan las paredes y el centro del galpón. A continuación se hallan seis calabozos de piedra, con cielo raso y piso de madera, sistema celular. El conjunto forma un quiosco de piedra. El cuerpo de guardia ocupa un salón de 8 por 16 metros, sirviendo para alojamiento de la tropa otra sala de las mismas dimensiones. Las dos cocinas son iguales; sus dimensiones son 5 por 6 metros y el piso adoquinado de madera. Los penados están alojados en dos cuadras contiguas formando un solo galpón de 12 metros por 17,50. los lechos están a los costados y alcanzan a 48 en cada cuadra, es decir que hay comodidad para 96 penados. En el centro de las cuadras se hallan las mesas. En la época de mi visita se estaban construyendo otras cuadras iguales a las anteriores. La enfermería ocupa un galpón de 20 por 6 metros.

Existe una sala para penados, otra para la tropa y un cuarto pequeño para curaciones. A diez alcanza el número de los W.C., higiénicos, hechos con ladrillos de máquina. En el extremo izquierdo y algo internado se ve el cementerio. Se están construyendo otros tres galpones de 6 por 16 metros para talleres, depósitos y familias da los presos. Todas las casillas están montadas sobre pilotes de madera de la Isla, alcanzando algunos de ellos hasta 5 metros de profundidad. El zinc por fuera y la madera por dentro es general en las construcciones, así como los pisos y cielorrasos de tabla. Todas las armazones son de madera de la misma Isla y lo demás de pino tea llevado de Buenos Aires. Cada casa tiene dos depósitos de hierro de 1800 litros cada uno, en que se junta el agua de lluvia para beber, pues la de los chorrillos es intomable a causa del gusto y color que le da la turba. A fin de que los efectos de un incendio sean menos desastrosos, se ha dejado entre edificio y edificio una distancia de seis metros. El gallinero y la quinta, cuya tierra se ha llevado de Ushuaia en la Tierra del Fuego, resultaron inútiles; el primero a causa de no poderse criar animales y la segunda a causa de no prosperar las legumbres...Terminaré esta reseña diciendo que los pabellones tienen timbres eléctricos que ponen en comunicación a los diferentes departamentos con el cuerpo de guardia y el jefe del presidio".

Gallardo olvida recordar que todo ese inmenso y rudo trabajo, efectuado en condiciones climáticas rigurosas, es realizado por los propios condenados, "a ración y sin sueldo", como los antiguos galeotes, sus antecesores. La operación de la relocalización del presidio queda concluida el 14 de marzo de 1899, dos años después del anuncio del traslado de la subprefectura. A partir de entonces, la Isla de los Estados tiene dos puntos ocupados: San Juan de Salvamento, con el faro de Punta Lasserre y Puerto Cook, nueva sede de la subprefectura y del Presidio Militar. El cambio de situación origina nuevas medidas administrativas.
Por la Orden General Nº 31, del 12 de febrero de 1900, se establece como única autoridad superior de la Isla al Jefe Militar del Presidio. Poco después, por decreto del 26 de agosto de 1900, atendiendo a la reorganización de la subprefectura y a razones de economía, suprímese el cargo de ayudante en el estacionario y en el presidio y dispónese el cese de Augusto de la Serna que lo desempeñaba. A comienzos de 1901, por acuerdo entre los Ministerios de Marina y de Guerra, se reemplaza, en su servicio de vigilancia, el destacamento del batallón de Artillería de Costas por otro del 1º de Infantería, de Guarnición en Río Gallegos. El Ministerio de Marina Onofre Betbeder, en mayo de 1901, manifiesta al Congreso Nacional cierta satisfacción por el cambio de ubicación del penal: "La actual instalación del Presidio es todo lo confortable que permite serlo el clima destemplado de la Isla (...). Me es agradable consignar aquí que la disciplina y el orden que reinan en el Presidio y demás dependencias de la Isla, son dignas de elogio".
El largo centenar de condenados que llega a tener el presidio, en tanto las casi permanentes inclemencias del tiempo lo permiten, ocúpase en diversas tareas, casi todas de mero mantenimiento y subsistencia. Hay cocineros, panaderos, sastres, enfermeros, peluqueros, ayudantes de despensa y farmacia... No falta tampoco la confección de chucherías, utilizando los escasos materiales que pueden encontrarse en la isla. Son los tradicionales trabajos de presos de todos los tiempos y de todas las latitudes, en los que a veces sobre el derroche de paciencia surgen rasgos del más cándido arte naif. Esas curiosas bagatelas tienen un limitado mercado: los pasajeros de los transportes nacionales que, de tarde en tarde, llegan a la isla. Ocasión que también aprovechan los presidiarios, mediante su invisible y eficaz servicio de inteligencia, para contrabandear alguna ansiada bebida alcohólica. Si bien, en principio, tanto el personal como los penados estaban expuestos a los mismos rigores de una naturaleza hostil y bravía, la situación de ambos grupos difiere substancialmente. El personal, cualquiera que fuere su jerarquía, se renueva periódicamente, aparte de gozar de licencias a veces prolongadas. Los presidiarios, con pesadas condenas sobre sus espaldas cada día más débiles, deben permanecer largos años en la isla, con el deterioro físico y psicológico que ello implica. Nada se contrapone al generalizado primitivismo cultural de la casi totalidad de ellos. Ni la incipiente escuela para adultos que tuviera el Presidio Militar de Santa Cruz, ni atisbos de asistencia espiritual. La marginación, el aislamiento es total: físico, moral y social. No siempre se cuenta con asistencia médica idónea en el momento preciso. Si alguien enferma -escribe el corresponsal de El País- tiene que curarse como pueda; o si no para enfermarse, o darse un golpe que le rompa una pierna o una costilla, debe esperar que venga un transporte para que el médico de a bordo le recete... y se vaya el médico a seguir su viaje y el enfermo al cementerio si el caso es grave.

Esporádicamente, la armada destina a la isla a uno de sus médicos. En marzo de 1901, por no poder continuar ese sistema errático, el Poder Ejecutivo dispone la designación de un médico diplomado. El nombramiento recae en el doctor Nicanor Morales, con la asignación mensual de $400, que será pagada, por partes iguales, por los Ministerios de Guerra y Marina. Una creciente aureola nefasta envuelve al presidio militar, en una buena parte debida a la insalubridad de su clima y a los estragos que produce en su involuntariamente clientela. Quizá también a alguna arbitrariedad disciplinaria. A fines de 1900, el Consejo Supremo de Guerra y Marina comisiona a uno de sus vocales, el comodoro Enrique Guillermo Howard, a fin de que inspecciones el penal de la Isla de los Estados.

Regresa en el 1º de Mayo el 11 de febrero de 1901. por lo que trasciende de su informe; Howard recomienda en términos enérgicos que se proceda sin dilación alguna la remoción del presidio de Cook. Luis D. Cabral, su ayudante militar y secretario durante largos años a partir de 1895, dice que Howard aprovecha las vacaciones de 1900 para efectuar ese viaje y que a su retorno "(...) presentó un conciso pero luminoso informe, reprobando con todo el colorido más vivo, tan inhumano presidio, comparable con la Siberia de la autocrática Rusia, en un país de leyes tan libres y benignas como las de esta república. El informe contenía el sano consejo de la inmediata traslación de esos seres humanos, por más delincuentes que fuesen y a pesar de sus condenas; se imponía ese proceder como una reparación a la justicia de parte del gobierno. Y agregaba: "Por lo menos a las costas de Ushuaia". Divulgado tan noble pensamiento surgido de un espíritu justiciero, abogando por esos desgraciados, encontró eco unánime y espontáneo en la prensa".

En este viaje, Howard constata también que, por inobservancia del principio de retroactividad de la ley penal más benigna, en el presidio existe un grupo de condenados por deserción, que son procesados y sentenciados cuando todavía rige la antigua legislación española, que castiga con diez años de presidio -el máximo de esta pena- ese delito que por la nueva legislación vigente sanciona con sólo cuatro de esa pena a lo sumo. La presentación de Howard origina la preparación de un decreto que dispone la libertad de quienes ya han cumplido esos cuatro años de presidio. Poco después, viajeros llegados en el transporte Guardia Nacional declaran a la prensa: "El clima de la isla es malsano, por cuyo motivo el número de enfermos aumenta considerablemente en el presidio". En agosto de ese mismo año, Pedro Gori, fundador de la revista Criminológica Argentina, la primera publicación en su género editada en nuestro país, al dar cuenta de su viaje a los territorios australes, se refiere al presidio militar de la Isla de los Estados y reclama para los presidiarios un poco más de humanidad.

No obstante, las calificadas opiniones adversas a la permanencia del presidio y la casi certeza de que se dispondría su traslado a otro punto, se emprenden nuevas construcciones y prosigue el envío de condenados. Así en octubre de 1901, el transporte Santa Cruz zarpa de Buenos Aires conduciendo al presidio militar otra remesa de condenados. El regreso a buenos Aires de Carlos Gallardo de su viaje al sur coincide con la difusión de noticias que dan cuenta de actos de indisciplina producidos en el destacamento que custodia el presidio militar. El diario La Nación lo entrevista para recoger datos sobre las condiciones en que se encuentra el penal. Gallardo es categórico en sus afirmaciones: "El clima de la Isla de los Estados es uno de los más malos que se conoce. Llueve aproximadamente 280 días al año y la humedad es enorme. La nieve, el viento, el frío, son fenómenos que caracterizan la región (...) esa humedad constante, unida a la falta de sitio para hacer ejercicio hace que los penados del presidio militar estén expuestos a adquirir enfermedades graves cuyo desenlace no se hace esperar.

"La mortalidad alcanza entre los penados al 10% (...). La regeneración moral del individuo no puede efectuarse en este medio perfectamente inadecuado para el objeto. Considera como un gran error la permanencia de ese presidio en el sitio en que se encuentra. Puede afirmarse que los que establecieron el presidio militar en Cook no tuvieron la más remota noción de lo que son los establecimientos penales".

Como se ve, muy lejos se está de la teoría del "presidio natural" desaprensivamente sostenida por Popper en 1891 y recogida, entre otros, por los periodistas Eizaguirre y Payró. Si fuera menester corroborar aún más lo que es de dominio público, al arribar a Buenos Aires en septiembre de 1902 el transporte Guardia Nacional trae, entre otras, la noticia de que el invierno en la isla ha sido "sumamente cruel, pues numerosos presos han fallecido y otros se encuentran muy enfermos".

Al promediar 1902 el teniente de navío Segundo Valladares es designado jefe del Estacionario del Faro y Presidio de la Isla de los Estados. Por esos días la decisión de trasladar el penal a otro punto del sur parece inminente. La determinación de ese nuevo emplazamiento origina diversas opiniones.
Ya en 1901, cuando trascienden las duras críticas y la decisiva recomendación del comodoro Howard, desde las páginas del diario El País se propone la Isla de los Leones, en la cabecera norte del golfo San Jorge, "ya que por su extensión y la proximidad relativa de la capital, aparte de las condiciones higiénicas, ofrecería las ventajas que se reclaman".
Gallardo, a su vez, manifiesta: "Tierra del Fuego tiene una tierra fértil, un clima sano, magníficos bosques, agua pura, fresca y caza abundante. ¿Por qué no se traslada allí el presidio? ¿Por qué no se lleva allí esos 100 o 150 hombres que perecen en Cook y que en Tierra del Fuego tendrán un medio higiénico para vivir?"
"En Tierra del Fuego cultivarían el suelo produciendo legumbres que necesitan para su alimentación, cuidarán del ganado destinado al mismo objeto: trabajarían en los montes, preparando la madera necesaria para las construcciones y para las dependencias militares; labrarían y colocarían en su sitio los postes para el telégrafo que reclaman en Tierra del Fuego, construirían caminos, en una palabra muchos trabajos de utilidad incuestionable, prestando así un servicio a la sociedad en que viven. Y bajo el punto de vista moral, ¡qué gran triunfo se obtendría!" cuando queda resuelto el traslado del penal a la Tierra del Fuego, se menciona a Lapataia, el sitio que el Poder Ejecutivo escogiera para la radicación definitiva de la Cárcel de Reincidentes habilitada en forma provisoria en Ushuaia en 1896 y que el ingeniero Catello Muratgia, cediendo a la presión del pueblo, desconoce en septiembre de 1902 al colocar en la modesta capital fueguina la piedra fundamental del edificio del presidio civil. Finalmente, la elección es otra. En la mañana del 26 de agosto, el intendente de Marina, señor Alberto Casares, entrevista al presidente Roca con el objeto de presentarle los planos para el presidio militar, "que se establecerá en la península de Ushuaia".

El 20 de octubre zarpa el Guardia Nacional llevando parte de los elementos para el nuevo presidio militar. El 7 de noviembre sale para el sur el transporte Ushuaia, al mando del teniente de fragata Enrique Fliess. Lleva la misión de trasladar las instalaciones y los presidiarios de la Isla de los Estados hasta Ushuaia. Entre tanto, a su retorno a Buenos Aires, el 30 de noviembre, el Guardia Nacional trae la noticia de que en Ushuaia se está instalando el presidio y su comandante, teniente de navío Zurreta, al informar al Ministerio de Marina del viaje, transmite el pedido de la gobernación a fin de que se aumente el destacamento que debe custodiar los presos en la península. Agrega que "el estado sanitario de la Isla de los Estados es malo, encontrándose actualmente enfermos varios presidiarios".

Una comunicación del gobernador del territorio al Ministerio de Marina, a la que acompaña los plazos definitivos del presidio, indica que hizo entrega de la zona donde se va a levantar el penal y que el 3 de diciembre comienza el desembarco de a bordo del Ushuaia de los materiales y elementos procedentes de Puerto Cook. El presidio militar se instala frente a puerto Golondrina, en un paraje estratégico, según se dice. Para la dirección e inspección de las obras se constituye una comisión que preside el gobernador y forman el jefe del Presidio Militar, teniente de navío Valladares, el director de la Cárcel de Reincidentes y Presidio Nacional, ingeniero Catello Muratgia y el subprefecto de Ushuaia.

La operación del traslado da la oportunidad, largamente esperada por los presos, para que en Cook se produzca un motín con fuga masiva. Por su magnitud y violencia no tuvo precedentes en la historia penitenciaria del país. El 14 de diciembre, el Ministerio de Marina recibe un telegrama del comandante del transporte Ushuaia transmitiendo la inquietante novedad. El comandante Fliess informa: "Al fondear en puerto Cook (Isla de los Estados), el 10 de diciembre a las 6 p.m. de regreso del primer viaje efectuado por el buque de mi mando, con material del presidio de la isla, que se conducía a Ushuaia, se aproximó un bote a este buque, con el maestro de víveres del presidio, quien me comunicó, de parte del alférez de navío Clodomiro Matheu, que 51 penados se habían sublevado y abandonado la isla en dos balleneras y un bote salvavidas.
"Poco después vino a bordo el alférez Matheu y me relató de la siguiente forma lo sucedido..." Al partir de ese momento se desencadena la implacable persecución de los prófugos a través de la Isla y de Tierra del Fuego. El relato de los graves sucesos, de sus causas y de sus consecuencias penales, excede el propósito de estas páginas. Baste, por ahora, la breve declaración oficial del ministro de Marina, Onofre Betbeder. En su memoria 1902-1903 al Congreso de la Nación, fechada el 15 de mayo de 1903, escribe: "Durante la traslación del presidio 51 penados que habían quedado en Cook se sublevaron y lograron hacerse a la mar en tres botes. Varios destacamentos del 1º de Infantería de línea embarcados en la Patria, Ushuaia y Azopardo, capturaron a los sobrevivientes, algunos de los cuales perecieron a manos de sus propios compañeros y otros fueron muertos al resistirse o pretender fugarse.

"El proceso instruido para esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades, prosigue y será visto en Consejo de Guerra". Tal el broche de sangre que cierra la desventurada historia del Presidio Militar de la Isla de los Estados. Fue una desdichada experiencia penal, a la que puso fin una tardía piedad social. Apagado el faro de Punta Lasserre y levantado el Presidio Militar de Puerto Cook, la Isla de los Estados vuelve a quedar prácticamente desierta. Entre 1902 y, por lo menos, hasta 1910, año en que la visita el presidente Roque Sáenz Peña, vive un solitario habitante en Cook, Felipe Zucarelli y años más tarde otro, Juan Roldán Molinas, en Bahía Crosley, asiento en 1873 de Luis Piedra Buena. A ambos personajes sus contemporáneos le concedieron graciosamente el título de "Gobernador de la Isla de los Estados".

De esta tarde, reaparece fugazmente el recuerdo del penal. Obra y gracia de un tango de Eduardo Bonessi -Amor Perdido-, que en 1923 se torna perdurable en un disco Odeón en la voz de Carlos Gardel:

Ha enloquecido la muchacha
que le disputa fiera y brutal.
Hoy se broncaron y corrió sangre
por la sirena del arrabal.
Hay en la Isla de los Estados
uno que vigila cuando saldrá,
dicen que llora su amor perdido
la musa trágica del arrabal.

 

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