Publicado en la ed. impresa: Sábado 15 de setiembre de 2007

Editorial II

Museos en alerta

Nuestros museos se encuentran en razonable y justificado estado de alerta. No es para menos; durante los últimos meses varios de esos reservorios han sufrido robos que les han provocado sensibles pérdidas patrimoniales sin que hasta la fecha se haya podido dar ni con los objetos de esas rapiñas ni con los culpables de esos delitos.

Tal situación, obviamente de gravedad extrema, impone que el Estado arbitre las medidas y los recursos indispensables para que esas instituciones de la cultura puedan contar con sistemas de seguridad confiables y, en lo posible, inexpugnables.

La "incursión museológica" de los malhechores, cuya profesionalidad y conocimiento del terreno llamó la atención de expertos y profanos, empezó por el Museo Histórico Nacional, en el porteño parque Lezama. Allí, violentaron una vitrina para apoderarse del reloj que le había sido obsequiado a Belgrano por el monarca británico Jorge III y que el prócer, a su vez, en el lecho de muerte le entregó a su médico de cabecera, el escocés Joseph Redhead, porque, a falta de otros recursos, quería retribuirle sus servicios.

El Museo Histórico Provincial Enrique Udaondo, de Luján, tuvo que cerrar sus puertas al público por motivos parecidos. Desaparecieron de sus salas tres grandes ollas de cobre y ocho monedas acuñadas durante el reinado de Fernando VII. También fueron víctimas de delitos similares el Museo Mitre, las capillas de la Quebrada de Humahuaca y de la Puna, entre otros.

También cayó en esa red delictiva el Museo de la Casa de Gobierno, hasta entonces y desde su fundación exento de esa clase de incursiones. Dentro de él y sin que nadie los advirtiese, los ladrones se apoderaron de un reloj de oro que había sido propiedad del ex presidente Nicolás Avellaneda, otro reloj del ex presidente y general Agustín P. Justo y dos lapiceras, una de oro, del ex presidente Roberto M. Ortiz.

Es probable que, si bien todos esos objetos tienen considerable valor monetario, hayan sido robados por el valor museológico que los distingue. Ello impone no descartar la intervención de un coleccionista, ya fuera como instigador o como autor material del apoderamiento.

Aquí, y en el resto del mundo, el robo de piezas museológicas nunca ha dejado de estar en boga. El comercio ilícito de esas piezas, que, por lo general, son remitidas al exterior con singular rapidez, sólo es superado por el tráfico de armas y de estupefacientes.

Organizaciones mafiosas se encargan de tejer esa oscura red que casi siempre incluye a coleccionistas, intermediarios, informantes y ladrones de "guante blanco", dedicados todos ellos al saqueo del patrimonio cultural de todos los argentinos. Salvo casos muy particulares, estas bandas no tienen mayores dificultades para llevar a cabo sus turbias finalidades. La consabida falta de recursos para el cuidado del patrimonio público cultural ha desguarnecido a los museos en materia de vigilancia y de controles, al tiempo que la instalación de equipos electrónicos forma parte de sueños inalcanzables.

Así estamos y así nuestros museos van siendo despojados de sus preciosas piezas. Es de temer que de seguir a este paso llegará un día en el cual nuestros descendientes habrán sido despojados de toda referencia acerca de su origen y de la cultura, y las demás actividades de las generaciones que los han antecedido. Ante la criminal indiferencia de gobernantes y de funcionarios convencidos de que nadie les pedirá rendición de cuentas ni serán sancionados por causa de esas omisiones e incumplimientos, la sociedad argentina asiste asombrada a la pérdida de su identidad como país. Porque todos estos recuerdos también tienen un lugar importante en la construcción de la Argentina de hoy, pero parece que son muy pocos quienes lo saben.